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360 páginas
formato 21 x 12,5 cm
PVP: 19 euros (IVA incluido)
ISBN: 978-84-96327-73-3
Ignacio Álvarez-Ossorio y Luciano Zácara coordinadores

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Elecciones sin elección : Procesos electorales en Oriente Medio y el Magreb

de Ignacio Álvarez-Ossorio, Ignacio Gutiérrez de Terán, Víctor Manuel Amado Castro, Javier Barreda Sureda, Rafael Bustos, Luciano Zaccara y Carmen Rodríguez López


Las elecciones en Oriente Medio y el Magreb son tan importantes por lo que dicen como por lo que ocultan. En la mayor parte de los casos, se trata de elecciones sin elección, puesto que no existe posibilidad real de alternancia política ni tampoco competición entre formaciones con programas diferenciados.

A pesar de que las diferencias existentes entre los países analizados son relevantes, también pueden subrayarse ciertos paralelismos. En lo que se refiere a los países árabes, se puede constatar que las elecciones no son libres ni competitivas, ya que el electorado únicamente puede elegir entre formaciones con programas claramente diferenciados en contadas ocasiones. Aunque se registran comicios de manera periódica, suelen estar sembrados de irregularidades y consagrar a los partidos oficialistas, que disfrutan una situación cuasi monopólica. En las contadas ocasiones que se permite un cierto pluralismo se hace para dar una cierta fachada democrática a los regímenes árabes. De hecho, la posibilidad de que las elecciones defenestren a los dirigentes históricos es nula, como demuestra la perpetuación en el cargo de algunos presidentes «vitalicios» como Ali Abdullah Saleh en Yemen (desde 1978) o Hosni Mubarak en Egipto (desde 1981), por mencionar tan solo dos ejemplos aquí analizados. En otros casos, los regímenes suelen emplear las elecciones como una medida cosmética para encubrir sus prácticas autoritarias. En estos las elecciones evidencian ante todo la buena salud de los gobernantes, que muestran su capacidad para desactivar cualquier eventual amenaza futura y su habilidad para cooptar dentro del aparato estatal a ciertos sectores críticos. En no pocos casos, la participación de los partidos políticos es condicionada a su aceptación de una serie de líneas rojas. Es lo que se llama el pacto o mizaq entre el grupo gobernante y los grupos opositores, crucial a la hora de entender lo que desde Occidente se consideran tímidos avances democráticos.

Al hablar de los países no árabes, cabe destacar que las últimas elecciones en Israel han acentuado la atomización política y la pérdida de la centralidad en una clara muestra de la polarización de la sociedad en torno al proceso de paz con los palestinos. En Turquía se debe destacar la consolidación del experimento islamodemócrata a cuenta de las formaciones políticas tradicionales que detentaron el monopolio de la escena política desde la formación de la república moderna. Por lo que respecta a Irán, todo parece indicar que las últimas elecciones han evidenciado las grandes fisuras en el sistema político y las divisiones dentro de la misma sociedad.

De lo anteriormente expuesto podríamos concluir que se trata en la mayor parte de los casos, con la probable excepción de Israel y Turquía, de elecciones sin elección, dado que no hay posibilidad real de alternancia. No por ello se debe concluir que los procesos electorales carezcan de interés y no deban ser estudiados con atención. De hecho, las elecciones tienen un profundo interés tanto por lo que dicen como por lo que ocultan. La concurrencia de nuevos partidos políticos, las tensiones internas dentro del propio régimen, el grado de participación de la población, el creciente peso de las candidatas femeninas, los diferentes programas políticos, la forma en que se desarrollan las campañas, la apuesta por un mayor aperturismo o por una cerrazón en cada momento y un largo etcétera nos pueden servir de termómetro para conocer la distribución de fuerzas en cada país.

En los ocho países analizados (siete de ellos de mayoría musulmana y uno de ellos con minoría) el Islam político juega un relevante papel, aunque también es cierto que las formaciones islamistas se han beneficiado del hartazgo político existente, al recabar el voto de castigo hacia unos regímenes autoritarios deslegitimados que se perpetúan en el poder desde tiempos inmemoriales. La instrumentalización que hacen de la cuestión religiosa les ha servido para atraerse las simpatías del electorado en unas sociedades en las que lo religioso impregna por completo la esfera pública. Mención especial merecen los casos de Líbano y de los Territorios Palestinos, donde se han dado fenómenos que han consagrado políticamente a Hezbolá y Hamás, partidos de origen islamista que también tienen una marcada orientación nacionalista. En ambos casos puede constatarse su creciente arraigo social, que les ha llevado a convertirse en una fuerza política que no puede ser ignorada ni por los actores políticos nacionales ni tampoco por la comunidad internacional.

También debe destacarse que dichos movimientos islamistas no pueden ser contemplados como un todo, puesto que su situación varía en cada país dependiendo de diversas razones. Mientras que Irán tiene un sistema de gobierno controlado por una cúpula clerical desde el triunfo de la Revolución Islámica, Turquía es gobernada por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (akp), formación que pretende conciliar los valores democráticos con los principios islámicos creando una suerte de islamodemocracia. De hecho, el akp se ha convertido en un faro que guía el camino de varias formaciones islamistas en el mundo árabe, que aspiran a incorporarse al juego político, tal y como ocurre en Marruecos y Egipto. Incluso la Knesset israelí cuenta con representación del movimiento islamista.

El ascenso de las formaciones islamistas ha sido contemplado con temor por los gobiernos autoritarios, ya que representa una amenaza a su tradicional monopolio. En muchos de los casos, el empuje de estos partidos de corte islamista no solo se explica por un retorno a la religión, sino también por la emergencia de unas nuevas elites que, ante el anquilosamiento de las estructuras de poder, ven en el Islam político un instrumento para ascender en la escala socio-política. Otra de las implicaciones de esta ascenso es que los partidos islamistas se han visto obligados a abandonar la hueca retórica que manejaban en la oposición y a enfrentarse a los problemas cotidianos de la población, sufriendo en algunos casos un profundo desgaste por su labor política e, incluso peor, siendo contemplados como una parte más del engranaje gubernamental.

También se aprecia una evidente contradicción entre el supuesto interés de los países occidentales por la democratización del mundo árabe y sus estridentes reacciones cuando los resultados consagran a las formaciones islamistas. Si la victoria del Frente Islámico de Salvación argelino en las elecciones de 1990 fue respondida con un golpe de Estado que contó con la aquiescencia europea, también la consagración del Hamás palestino como principal fuerza política en 2006 fue seguida de un boicot internacional. Tales respuestas vienen a acentuar la sensación de que Occidente prefiere la perpetuación de los regímenes autoritarios antes que la constitución de verdaderas democracias de corte islámico.

La utilidad de las elecciones en los países aquí analizados radica también en que son un escaparate en el que se muestran las tensiones existentes dentro del partido gobernante o del propio régimen, como lo muestra el creciente peso de los candidatos independientes en parte de los Parlamentos árabes que logran acceder al escaño después de haber sido excluidos de las listas oficiales (como en el caso del pnd en Egipto o Fatah en los Territorios Ocupados palestinos). Lo mismo que ha ocurrido en el caso iraní cuando un sector de la elite política criticó los propios resultados electorales aprobados por el Jefe de Estado.

De la presentación de I. Álvarez-Ossorio y L. Zácara

Puede encontrar más información en:

http://orienteymediterraneo.blogspot.com