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304 páginas
formato 21x12,5
PVP: 18 euros (IVA incluido)
ISBN: 978-84-96327-72-6
Traducción de Juan Vivanco Gefaell

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Escritos corsarios

de Pier Paolo Pasolini


Los “Escritos corsarios” nos presentan a un escritor comprometido y polemista formidable, que no rehuía ningún tema, por espinoso que fuera, desde la crítica a sus compañeros de viaje comunistas hasta su radical denuncia de la deriva clericalfascista de la democracia cristiana.

Incluimos a continuación uno de los textos recogidos en esta recopilación, que muestra el compromiso con la verdad y la libertad de juicio del autor, tan alejados de las medias verdades y la falta de libertad dominantes hoy en día en los medios de comunicación. Para algunos, este artículo selló la condena a muerte del autor, acaecida poco después en un oscuro episodio del que saldría culpable un joven que ejercía la prostitución callejera, pero cuya veracidad no ha dejado de ponerse en duda.

14 de noviembre de 1974
La novela de los atentados*

Lo sé.
Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder).
Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969.
Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia en los primeros meses de 1974.
Sé los nombres del «vértice» que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los «desconocidos» autores materiales de los atentados más recientes.
Sé los nombres de quienes han manejado las dos fases distintas, incluso opuestas, de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia 1974).
Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 68 y después, siempre con la ayuda y la inspiración de la cia, se rehicieron una virginidad antifascista para atajar el desastre del referendo.
Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista) y por último a criminales comunes, hasta este momento, y quizá para siempre, sin nombre (para crear la tensión antifascista posterior). Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de personajes tan cómicos como ese general de la Guardia Forestal que operaba con ribetes de opereta en Città Ducale (mientras los bosques italianos ardían) o de personajes grises y puramente organizativos, como el general Miceli.
Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios.
Sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados contra las instituciones y matanzas) que han cometido.
Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios.
Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.
Todo eso forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Me parece difícil que mi «proyecto de novela» esté equivocado, es decir, que no tenga conexión con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé como intelectual y novelista. Porque la reconstrucción de la verdad acerca de lo ocurrido en Italia después de 1968 tampoco es tan difícil.
Esta verdad —se advierte con precisión absoluta— también está detrás de gran cantidad de intervenciones periodísticas y políticas, es decir, no imaginarias ni de ficción, como es por naturaleza la mía. Un último ejemplo: está claro que la verdad apremiaba, con todos sus nombres, tras el editorial del Corriere della Sera del 1 de noviembre de 1974.
Probablemente los periodistas y los políticos también tienen pruebas o, por lo menos, indicios.
El problema es el siguiente: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas y sin duda indicios, no dan nombres.
¿A quién corresponde, pues, dar esos nombres? Evidentemente, a quien no solo tiene el valor suficiente sino que, además, no está comprometido en la práctica con el poder y tampoco tiene, por definición, nada que perder: un intelectual.
De modo que un intelectual podría ser el más apropiado para dar a conocer esos nombres; pero no tiene pruebas ni indicios.
El poder y el mundo que, sin ser del poder, mantiene relaciones prácticas con el poder, por su propia configuración, han excluido a los intelectuales libres de la posibilidad de tener pruebas e indicios.
Podrían objetarme que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en ese mundo explícitamente político (del poder o sus aledaños), comprometerme con él y, por lo tanto, compartir el derecho a tener, con elevada probabilidad, pruebas e indicios.
Pero a esta objeción contestaría que no es posible, porque es justamente la repugnancia a entrar en ese mundo político lo que se identifica con mi posible atrevimiento intelectual de decir la verdad, es decir, de dar nombres.
En Italia el atrevimiento intelectual de la verdad y la práctica política son dos cosas incompatibles.
Al intelectual —profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana— se le encomienda una función falsamente elevada y noble, la de debatir los asuntos morales e ideológicos.
Si no cumple esta función se le considera un traidor, y de inmediato se alzan voces (como si estuvieran esperando el momento) contra la «traición de los intelectuales». Gritar contra la «traición de los intelectuales» es una coartada y una gratificación para los políticos y los servidores del poder.
Pero no existe sólo el poder; también existe una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan extensa y fuerte que constituye un poder en sí misma: me refiero, naturalmente, al Partido Comunista Italiano.
Es evidente que en este momento la presencia de un gran partido como el Partido Comunista Italiano en la oposición es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.
El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista.
En los últimos años, entre el Partido Comunista Italiano, entendido en un sentido auténticamente unitario —como un «conjunto» compacto de dirigentes, base y votantes—, y el resto de Italia se ha abierto un abismo que ha convertido al Partido Comunista Italiano en un «país separado», en una isla. Precisamente por eso hoy puede mantener unas relaciones más estrechas que nunca con el poder efectivo, corrupto, inepto, degradado. Pero se trata de relaciones diplomáticas, casi de nación a nación. En realidad las dos morales, entendidas en su concreción, en su totalidad, son inconmensurables. Precisamente sobre esta base se puede plantear el compromiso realista que podría salvar a Italia del derrumbe total; pero un compromiso que en realidad sería una alianza entre dos estados limítrofes, o entre dos estados encajados uno en otro.
Pero precisamente todo lo positivo que he dicho del Partido Comunista Italiano también constituye su aspecto relativamente negativo.
La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y la degeneración, el otro intacto y limpio, no propicia la paz ni el espíritu constructivo.
Además, entendida tal como la acabo de describir, creo que objetivamente (como un país en el país), la oposición viene a ser otro poder, pero poder al fin y al cabo.
Por consiguiente los políticos de esa oposición no pueden dejar de comportarse, también ellos, como hombres de poder.
En el caso concreto que en este momento nos afecta de un modo tan dramático, ellos también han atribuido al intelectual una función. Y si el intelectual no cumple esa función —puramente moral e ideológica— se convierte, con gran satisfacción de todos, en un traidor.
Ahora bien, ¿por qué tampoco los políticos de la oposición, si tienen —como es probable— pruebas o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, o sea políticos, de los cómicos golpes y las espantosas matanzas de este año? Muy sencillo: no los dan en la medida en que distinguen —a diferencia de lo que haría un intelectual— entre verdad política y práctica política. Por lo tanto, naturalmente, ellos tampoco dan a conocer las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario. Ni se les pasa por la cabeza, como es normal, dada la situación objetiva de hecho.
El intelectual debe seguir ateniéndose a lo que le imponen como un deber, debe repetir su modo codificado de intervención.
Sé muy bien que no es pertinente —en este momento concreto de la historia italiana— plantear públicamente una cuestión de confianza a toda la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero estas son categorías de la política, no de la verdad política, a la que el impotente intelectual, cuando y como puede, debe servir.
Pues bien, precisamente porque no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y los atentados (y no en vez de darlos), no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra toda la clase política italiana.
Lo hago porque creo en la política, creo en los principios «formales» de la democracia, creo en el parlamento y creo en los partidos. Naturalmente desde mi visión particular, que es la de un comunista.
Estoy dispuesto a retirar mi cuestión de confianza (en realidad lo estoy deseando) sólo cuando un político —no por oportunidad, es decir, porque haya llegado el momento, sino más bien para crear la posibilidad de ese momento— decida dar los nombres de los responsables de los golpes de estado y los atentados, que sin duda conoce, como yo, con la diferencia de que él no puede dejar de tener pruebas, o por lo menos indicios.
Es probable —si el poder estadounidense lo permite, tal vez decidiendo «diplomáticamente» conceder a otra democracia lo que su propia democracia se ha concedido a sí misma a propósito de Nixon— que estos nombres acaben pronunciándose. Pero lo harán hombres que han compartido el poder con ellos: como responsables menores contra responsables mayores (y, como en el caso americano, no tienen por qué ser mejores que ellos). Este sería, en definitiva, el verdadero golpe de Estado.

* En Corriere della Sera con el título «Che cos’è questo golpe?» (¿Qué es este golpe?).

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