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240 páginas
formato 21 x 12,5 cm
PVP: 17 euros (IVA incluido)
ISBN: 978-84-96327-84-9
nota preliminar Juan Goytisolo, trad. de Malika Embarek López

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Mil años, un día

de Edmond Amran El Maleh


El relato de Nessim, nieto de judíos oriundos de Pa­lestina en la época del Imperio Otomano, oscila entre el remoto pasado familiar en Beirut y el Cairo con las noticias de la matanza perpetrada por las Falanges Li­banesas encuadradas por Sharon.

Contar el argumento de Mil años, un día sería la forma más segura de traicionar la propuesta narrativa del libro. El escritor judío marroquí recientemente fallecido no recurre a la consabida trama novelesca de la que se alimenta el lector perezoso. El flujo de su narración, a veces sinuoso, a veces torrencial, discurre también por cauces sosegados. La palabra poética no se somete a la lógica del discurso racional: salta de un tiempo a otro conforme a una acronía sabiamente dispuesta. La visión del mundo colonial del Protectorado francés por un miembro de las comunidades judías de Safí y Esauira se entremezcla con imágenes crueles de Sabra y Chatila; la evocación de Hitler y la estrella de David impuesta a los sefardíes por el régimen de Vichy se entretejen con las de la lucha por la independencia tras la deposición de Mohamed v por el Alto Comisario francés y el éxodo masivo de la población judía organizado por el Estado de Israel, a fin de atraer a su seno a una comunidad secularmente asentada en el Magreb.

El relato de Nesim, nieto de judíos oriundos de Palestina en la época del Imperio Otomano, oscila entre el remoto pasado familiar en Beirut y el Cairo con las noticias de la matanza perpetrada por las Falanges Libanesas encuadradas por Sharon. La evocación de unos tiempos borrados, de la casa familiar abandonada y vacía, del cementerio marítimo de una comunidad extinta acompaña su recorrido solitario del espacio en el que transcurrió su niñez. Los recuerdos de su estancia en Argentina, del retorno a Marruecos y a la intimidad de la haquetía, de la amistad con Mayid y Louis Renaud, el colonizador cautivado por la mística sufí, sirven de proemio a la rememoración de la resistencia popular al ocupante europeo, del desconcierto y ansiedad de los miembros de la Alianza Israelita, de la detención imprevista de Mayid por sus actividades subversivas. La escena de la visita del padre de éste, fiel servidor hasta entonces del régimen colonial, al comandante Legaye, con su patriótica invocación de la noble misión civilizadora asumida por Francia, esa madre generosa traicionada por canallas de la ralea de su hijo, se inscribe en el cuadro de la «ópera fantástica» del mito oriental, del conquistador orgulloso de su superioridad pero seducido a la vez por el mundo sometido a su dominio, un mundo fascinador y miserable de cuyos vastos espacios e inmensas extensiones silenciosas y desérticas brotan emociones difíciles de controlar.

Más dolorosa e incurable será la herida abierta en el narrador narrado por la diáspora de sus amigos y próximos del país de sus antepasados en pos del soñado retorno a la Tierra Prometida. Nesim, el europeizado y laico Nesim, vive el desgarro íntimo de su compleja identidad de marroquí y de judío, y cuya lengua de expresión es el francés del colonizador. El éxodo de la comunidad bereber de Amizmiz, evocado por Teddy Yeshuá, condensa en unos breves párrafos la tragedia de su desarraigo:

Era de noche, creo que llovía y hacía frío, había varios autocares, quizá tres o cuatro, nadie sabía adónde íbamos, ni siquiera nosotros que éramos los responsables, se murmuraba que íbamos a la zona española y que de allí nos recogerían en un barco pero cómo saberlo, una cosa era segura, habían detenido los autocares en algún lado en plena noche, algunos se habían llevado provisiones, té en termos, no había que llamar la atención ni ir a comprar cosas, pero cómo sentir hambre cuando el miedo te atenaza la garganta, luego empezamos a caminar a través de los campos, era penoso sobre todo para la gente mayor, tropezábamos con las piedras, a veces había que trepar, temblábamos de frío, de miedo, de agotamiento, los perros de los aduares ladraban con furia, la noche era negra, no debíamos intercambiar ninguna palabra ni siquiera una queja.

La visita de Nesim a la tierra de sus ancestros palestinos, en plena guerra de Líbano y tras el horror de Sabra y Chatila, le hará apurar hasta la hez la copa de la amargura: la cruel reiteración de la historia. Los recuerdos se yuxtaponen, los espacios se mezclan, su discurso febril es el de un exiliado por partida doble, de alguien privado de la dimensión milenaria que daba sentido a su vida. De ahí el epígrafe de uno de los capítulos del libro que da su título a la novela: «Si es cierto que mil años pueden transcurrir como un día, nada impide que un día transcurra como mil años».

La bella prosa de Edmond Amran El Maleh, ese francés que transparenta el árabe dialectal materno, transforma el oído literario en un oído musical cuya prosodia nos regala a lo largo de la lectura de la novela. La magnífica traducción de Malika Embarek permite acceder al lector español a una de las obras más incentivas de este singular novelista marroquí injustamente ignorado.

Juan Goytisolo

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