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editorial Montesinos
336 páginas
formato 17 x 23.5
encuadernación rústica pegada
con solapas
PVP: 22 euros (IVA incluido)
ISBN: 978-84-15216-29-2

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Proceso a la civilización : La Crítica de la Modernidad en la Historia del Cine

de Eduardo Subirats


(Reseña de Aarón Rodríguez Serrano)

Siempre me han gustado los libros que parecen un réquiem o una teodicea. Las estanterías –lo decía hace poco en este mismo espacio- se llenan con demasiada facilidad de textos luminosos y llenos de buenas intenciones que prometen, trocan, inspiran, autoayudan y otras zarandajas. Gregorio Samsa hace coaching para cinéfilos. Ahora bien, los libros que me apasionan de verdad son aquellos a medio camino entre la carta de amor de un forense y la confesión perversa de un taxidermista. Proceso a la civilización es uno de esos libros.

Eduardo Subirats es un francotirador del pensamiento que ha optado por el nomadismo, el margen, la valentía frente a los usos y costumbres de la reflexión apesebrada y facilona. Escribe con la rapidez y la concisión de quien no tiene miedo a decir aquello que se antoja esencial, pero ante todo, justo. Absténganse, por tanto, señoritas bien de cutis de durazno y alegres muchachillos de minisala comarcal. En sus páginas se está jugando a otra cosa, al juicio y a la crítica, a la exposición y al fragor de la batalla teórica. Y se juega, vale la pena decirlo, sin miedo al qué dirán o a cabrear al personal.

El autor parte de un corpus personal y apasionado por el que desfilan, con una sorprendente coherencia, nombres tan dispares como Fritz Lang, Pier Paolo Pasolini, Stanley Kubrick o Andrei Tarkovski. Si no escribiera con la amargura de quien se preocupa por el prójimo y por la historia podría ser una colección de postales de amor cinéfilo. Pero ya les he dicho que el libro dispara a matar, parapetándose tras El proceso de Welles o tras El perro andaluz buñueliano.

Por otra parte, me temo que mi lectura siempre estará vinculada con una afinidad personal y constante con las tesis mayores que enarbola el libro, con su crítica hacia un proceso de deshumanización, de banalización, de tortura y de fascinación por el totalitarismo y sus subterfugios. Me siento cerca de Subirats y creo reconocer en sus palabras algunos de mis propios fantasmas, consiguiendo por lo tanto que su libro se convierta más en una carta personal, una confesión entre amigos a altas horas de la madrugada, obligándome a transitar por detrás de sus pasos con cuidado y respeto. No se trata simplemente de una trampa del apocalipsis teórico de pose y olor a carne quemada. Hay, antes bien, una lucidez entre la poesía y la política que no esconde sus cartas y que no permite escribir con miramientos. Se trata de preguntarse por las máquinas, por los cuerpos, por la naturaleza que los cobija, por la erosión del concepto mismo de lo humano, por la fascinación audiovisual, por el significado de los espacios y de los gestos. Y, precisamente ahora, la urgencia de las voces valientes se nos antoja más necesaria que nunca.

No obstante, no quiero privarme de sugerir algunas discrepancias que me sugiere el texto, mínimas, pero también jugosas. Por ejemplo, en su –voluntaria y voluntariosamente polémico- acercamiento a 2001: Una odisea en el espacio, Subirats no se priva de leerle la cartilla a Kubrick desde un inmisericorde planteamiento fundamentado en lo posthumano y en la repuesta a la barbarie nuclear de Hiroshima y Nagasaki. Ciertamente, su estilo y su rigor son intachables, pero siempre nos queda la intuición de que el texto kubrickiano también puede ser leído como crítica y como voz potente en el hilo de discursos que plantea el propio Subirats. Del mismo modo, nos hubiera gustado encontrar alguna conexión un poco más desarrollada entre la catástrofe total de los campos de exterminio y su cine como parte de este proceso a la modernidad, quizá con brújula de Bauman. Pero no son sino intuiciones, más bien sugerencias de las que quizá nos atrevamos a coger el relevo en futuros textos.

Por lo demás, Subirats acierta al realizar la topografía de la herida. Algunos de sus capítulos –pienso especialmente en los capítulos dedicados a Saló y a El proceso de Welles- son simplemente apasionantes. La riqueza de referentes culturales que pasean en continuo diálogo con los textos fílmicos no caen jamás en la pedantería, sino que se proponen como auténticos interlocutores. Cosa, por lo demás, sorprendente, y muy alejada de algunos de los vicios más lamentables de las publicaciones mayoritarias más recientes que pretenden cruzar de alguna manera el pensamiento y lo cinematográfico, no acertando ni en lo uno ni en lo otro. Las referencias a Heidegger, a Sartre, a Wiener o a Nietzsche no son polvorientos ataques de erudición gratuita, sino que se integran con fuerza y fiereza en el análisis.

Y nos gustaría terminar agradeciéndole al autor su disconformidad con las poses vacías derivadas del uso (y abuso) académico durante las últimas décadas de eso que se ha venido llamando los Estudios Culturales. Así, es regocijante que no se le caigan los anillos al cargar contra un feminismo rancio y poco liberador, contra las lecturas rápidas del fascismo y sus manifestaciones artísticas o contra las voces “políticamente correctas” que tantísimo daño han realizado a nuestra disciplina. El suyo es un discurso desde, por y para la disidencia. Sólo en esa dirección se puede disfrutar completamente un trabajo exigente, riguroso y lleno de auténticos chispazos, intuiciones y pequeños núcleos de intensa verdad.