Querella de los modernos y los modernos

En noviembre de 2012 el colectivo francés Les 451 publicaba la siguiente “querella” en respuesta a las reacciones suscitadas por su llamamiento.

Traducción de Gabriela Torregosa publicada originalmente en Texturas.)


 

 

«Poner constantemente en tela de juicio el propio pensamiento,

negarse a enunciar como verdadero el resultado de la búsqueda.»

 Introducción de Edmond Thomas a La culture prolétarienne, Marcel Martinet, Maspero, 1976.

 

INTRODUCCIÓN

 

Como colectivo de personas pertenecientes a diferentes sectores del mundo del libro (distribución, imprenta, biblioteca, librería, edición, corrección, etc.), nos hemos estado reuniendo durante varios meses para dialogar sobre el estado actual de nuestras profesiones y sobre los problemas políticos y sociales que tenemos en común. Y para poder debatir sobre las ideas que intercambiamos, hemos decidido difundir un texto suscrito por varias personas que comparten nuestras ideas al respecto o, por lo menos, que están interesadas en debatir sobre ellas. En la edición de Le Monde del jueves 6 de septiembre de 2012 (en papel y en línea) se publicó una tribuna con el título de Llamamiento de los 451[1], en referencia a la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, donde dábamos cuenta del malestar percibido en los oficios del libro y de nuestra voluntad de actuar al respecto.

Cuando se publicó el manifiesto, nos dimos cuenta de que los responsables de la sección «Ideas» de Le Monde habían decidido destacar los nombres de las «personalidades» que habían firmado este llamamiento, en perjuicio de la elaboración colectiva del texto. Al omitir una coma, además, se daba a entender que había 451 miembros en el colectivo, olvidando así la referencia al libro de Bradbury. Esto ha podido generar algún que otro equívoco —ajeno a nuestra voluntad— en cuanto al origen del llamamiento: algunos lectores creyeron que había sido redactado por los señores Agamben, Butel y Nadeau, que sin embargo sólo apoyaron las ideas que en él se exponían, al mismo título que los otros cien firmantes que los acompañaban. La idea de cuatrocientas cincuenta y una personas justas reunidas en torno a un árbol y de esos tres escritores, escribiendo un texto a novecientas dos manos, nos ha hecho muchísima gracia, pero hemos hecho cuanto nos ha sido posible para despejar la duda, y, en la versión online de Le Monde, las cosas ya han quedado claras. Creemos, no obstante, que este incidente sin importancia no tiene consecuencia alguna sobre el contenido en sí del Llamamiento. Como mucho, nos recuerda los vicios de algunos medios de comunicación, que dan más valor a la palabra experta y patentada que a la de la gente corriente.

Después de su publicación en Le Monde, el Llamamiento de los 451 salió publicado también en los periódicos La Reppublica en Italia y Diagonal en España. Numerosos blogs especializados se han hecho eco de él y se ha expuesto en algunas librerías. Nos lo estamos tomando con calma para difundirlo en forma de panfletos y discutir con la gente a la que se lo distribuimos en los lugares adecuados. El número de firmantes sobrepasa hoy los quinientos. Nos han llegado muchos correos electrónicos y algunas cartas para animarnos y darnos las gracias, apoyarnos o unirse a la iniciativa. El texto circula ampliamente y, aquí o allí, suscita el debate. Así, hemos recibido críticas, positivas y negativas, de las que nos parece importante tomar nota antes de las jornadas de encuentro previstas para el 12 y 13 de enero de 2013 en Montreuil (con la presencia por confirmar de Bono), un momento para el diálogo entre diferentes trabajadores de toda la cadena del libro, o con los lectores. A lo largo de estas jornadas se impartirán talleres con charlas previamente preparadas sobre los temas que hemos considerado importantes[2].

Por otra parte, la respuesta a los críticos que se presenta a continuación no es más que un documento de trabajo intermedio, abierto a la discusión y a la reacción, que perfila a grandes rasgos algunas pistas de reflexión sobre las que se está debatiendo ahora mismo. Sabemos que para muchos, todo esto ya lo han pensado otros antes, sabemos que ya ha habido experiencias de grupos reunidos en torno a las problemáticas del libro, y sabemos sobre todo que no estamos en posesión de ninguna verdad dogmática sobre los temas a los que nos enfrentamos. Trabajamos a la vez que reflexionamos sobre nuestro trabajo, es decir, intentamos elaborar un pensamiento colectivo —en zigzag. Esperamos críticas nuevas al texto que sigue: estamos a la búsqueda de un nuevo lenguaje.

 

EL OBJETO LIBRO

Una de las dimensiones esenciales del libro es la de ser una mercancía cuya materia prima es el pensamiento. El libro se concibe, produce, ensambla, formatea, comercializa, distribuye, vende, compra, a partir de lo que sus autores y editores han pensado: y esto es aplicable tanto a la receta de cocina como a la teoría fenomenológica, pasando por unas cuantas rimas en verso. Después se fabrica con máquinas y ordenadores, se imprime con tinta química en papel que se saca de los bosques. Se publicita. Se vende nuevo. Se intercambia, vende, se especula con él. Se vende de ocasión. Después se destruye y recicla, y aun se vuelve a vender. Como todas las mercancías, el libro se inscribe así en nuestra sociedad capitalista[3], generando tanto valor como sufrimiento provoca.

Uno de los mitos persistentes que nos gustaría cuestionar con el Llamamiento de los 451 se basa en la creencia generalizada según la cual las ideas son algo aparte de la economía, como si se movieran en un mundo etéreo, desconectado de la realidad. Y, sin embargo, desde el mismo momento en que una idea sale de la esfera de lo íntimo y lo privado, se convierte en un objeto, susceptible de ser transformado, comercializado y negociado por métodos artesanales o industriales, en economías mundializadas o a pequeña escala. Para reflexionar sobre la reapropiación de las competencias dentro de las que se inscribe la producción intelectual hemos comparado el libro con un tomate.

Efectivamente, existe un paralelismo sorprendente entre la historia de la producción agrícola y la del libro: en ambos sectores nos hallamos frente a los mismos procesos de producción en masa, de descenso de la calidad, de aristocracia del gusto y de monopolización. La cadena del libro se articula hoy día, por ejemplo, en torno a la cuestión de la distribución, sector decisivo que a menudo impone sus intereses al resto de actores de la cadena, por encima (editores) y por debajo (libreros)[4]; una situación que recuerda a esa otra, más conocida, de las grandes cadenas de distribución agroalimentaria, de hortalizas o de leche por ejemplo, que poco a poco han acabado por desposeer a los agricultores de las decisiones relativas a su producción y a una concentración de los puntos de venta.

El paralelismo es igualmente válido para la situación de sobreproducción de libros, en que el número desmesurado de ejemplares fabricados de un mismo título depende, no de las estimaciones de venta, sino de una voluntad de saturación[5] del mercado. Los grandes editores saben, antes de su puesta a la venta, que gran parte de la edición terminará por ser destruída.

Además, el plazo de dos meses que se concede a las librerías para el pago a distribuidores, el de tres meses a los distribuidores para pagar a los editores y la posibilidad de devolución de los invendidos hacen que los libros se produzcan y comercialicen en función de la presentación (ya sincera, ya publicitaria) que hacen los comerciales en librería, o de la celebridad del autor —rara vez en función de una lectura efectiva de los títulos. Para terminar, la tendencia de los editores a pagar importantes adelantos a los autores de éxito antes de la escritura del libro, o la de no pagar a los autores noveles, lleva consigo una producción de títulos cuya pertinencia es estructuralmente incierta. Con lo que se viene a demostrar que el dinero que circula en el mundo del libro tiende a financiarizarse, a basarse en el crédito y en una economía inmaterial ajena a las cifras reales de venta y a la calidad de las obras publicadas.

La cadena del libro (desde la producción de ideas hasta su comercialización, pasando por la fabricación del objeto-libro) se encuentra así sometida a las lógicas de gestión ya denunciadas en otra parte, controladas por la rentabilidad y por la ideología del crecimiento; en consecuencia, puede ir acompañada de los mismos horrores económicos que, por ejemplo, la industria petroquímica o agroalimentaria. Frente a este estado de cosas, algunas personas y unas cuantas empresas intentan resistir o bien organizarse para ejercer un oficio en condiciones que no cedan a la barbarie imperante. De nada vale querer enfrentar grandes y malos a pequeños y buenos, las prácticas son muy diversas y no se puede circunscribir el valor de un libro a su lugar de procedencia. Un muy buen título puede hacerse mediante técnicas industriales y uno mediocre en una pequeña editorial independiente o en una imprenta de barrio. Y, sin embargo, aunque la calidad de las ideas y de los argumentos, o la belleza de un texto, no dependan de su soporte, nos parece pertinente considerar los diferentes modos de producción y ponerlos en relación con las ideas que difunden.

Por eso, en vez de contentarnos con leer y escribir sobre los estragos del capitalismo fuera de las páginas de un libro, hemos preferido prepararnos para actuar sobre estos perjuicios en la propia producción de libros. Quisiéramos tomar conciencia de nuestro lugar en la sociedad moderna, reflexionando sobre nuestra producción y nuestro modo de hacer las cosas: reflexionar por ejemplo sobre la manera en que un ensayo contra el capitalismo se inscribe dentro del capitalismo. A partir de ahí, proponemos acabar con el prejuicio que consiste en creer que lo único que importa es el mensaje que transmite un texto, sin importar cómo se difunde, o su continente. En un mundo en el que las ideas se mezclan de manera confusa, en el que los valores se relativizan y las discusiones se despolitizan, os planteamos la siguiente pregunta: ¿no cuenta hoy día el modo de producir un libro tanto o más que las ideas que contiene? Dicho de otro modo: ¿por qué parece tan accesorio el hacer que medio y mensaje sean coherentes a la hora de producir un libro?

Ahora bien, si nos vamos del otro lado del telón de las ideas, podremos ver enseguida lo que ocurre en cada una de las etapas de producción y comercialización de un libro: cada cual trata de aumentar sus márgenes, negociar ventajas, conservar sus privilegios o pasar por encima de los otros… En definitiva, en el mundo del libro, cada uno barre para casa. Editores, libreros, impresores y autores, el principio es siempre el mismo: el de la competencia —agravada por un juego de egos más feroces quizá que en otros sectores, teniendo en cuenta la carga simbólica que vehiculan las cosas del intelecto en nuestra sociedad moderna. Y este fenómeno ultraliberal se lleva a cabo en un desconocimiento de las especificidades propias de cada una de las actividades del libro[6].

Por ello, el grupo de los 451 ha querido interrogarse sobre esta «división» en tanto que estado de cosas compartido; y uno de nuestros principales deseos, por muy humilde que sea, sería el de facilitar la puesta en común de los intereses, de las contradicciones y dificultades de cada uno de los sectores que componen la cadena del libro. Es cierto, por otra parte, que más allá de las divisiones derivadas de la estructura económica en la que nos encontramos sumergidos, existen otro tipo de jerarquías en nuestra relación al mundo: por ejemplo la distinción entre manual e intelectual, entre escrito y oral, o también entre sabio e ignorante. Dichas categorías sociales dividen a los miembros de una sociedad, o imponen efectos de poder y de dominación institucionalizados por la fijación del movimiento de las ideas; merecen por tanto ser pensadas colectivamente, para poder contravenir estos estados de hecho mediante un esfuerzo de deconstrucción y de invención de nuevas formas.

En esto, el libro y la cultura en general actúan como pivote de toda una serie de mecanismos encadenados de poder. A la hora de la desindustrialización de los países que gobiernan el mundo, y de la valorización del trabajo inmaterial, el capital cultural va unido hoy más que nunca al capital financiero y ambos siguen marcando la frontera entre el dentro y el fuera de nuestras sociedades.

Podemos ir más allá, y lamentarnos de que se haya instituido, además de una industria cultural, una cultura de la industria —en todas sus formas: material o subjetiva. La adquisición de pequeñas editoriales independientes por parte de grandes grupos, en una lógica de concentración de los capitales, impone una rentabilidad y una productividad que el mundo editorial no puede asumir como no sea publicando libros de calidad mediocre, pero con tirón. Y es así cómo se apodera de los editores una lógica perversa: conscientemente, publicarán más libros malos para poder publicar unos cuantos títulos de calidad —cada vez más escasos[7]. Del mismo modo, la multiplicación de las megalibrerías en perjuicio de pequeñas estructuras independientes supone dar preferencia a los títulos más impactantes y una cierta desidia a la hora de encargar obras difíciles, que al final sólo se podrán encontrar a través de Amazon, eso, si se tiene la suerte de haber oído hablar de ellas.

Todo esto tiene como consecuencia el empobrecimiento y el conformismo del intelecto: las maneras de decir la crítica o los sentimientos pierden sus contornos y acaban por alinearse con la lógica de la rentabilidad, participando en una producción de subjetividades a gran escala —tan previsibles como adquiridas en el mercado del entretenimiento. Los libros, a través de la selección de las ideas que contienen, de las decisiones editoriales o de la elaboración de manuales escolares, vehiculan más que nunca ideas que reproducen los valores de las clases dominantes. Es por lo que las reflexiones que hacemos sobre nuestros oficios no se circunscriben a nuestros intereses corporativistas, sino que cuestionan la responsabilidad que todos tenemos con relación a aquello en lo que se convierte el campo crítico, las experiencias estéticas o las problemáticas sociales.

También sabemos que formamos parte de un dispositivo social y cultural generador de violencias y de humillaciones. En el impulso que llevó a crear el colectivo de los 451, estaba el deseo común de replantearnos nuestra manera de trabajar. Si consideramos que trabajar con libros tiene una dimensión política, entonces tenemos que poder hacernos preguntas como: ¿qué papel social juega el libro? ¿Cómo circulan los efectos del poder en los sitios destinados a los libros? ¿Se encierra la producción intelectual en un entorno autoreferencial?, etc.

Hemos querido insistir en el hecho de que lo que ocurre en el sector del libro se parece mucho a otros sectores —se trata de una lógica difusa que va más allá de las particularidades de cada profesión o actividad. Es preciso que dialoguemos también con profesores, mecánicos, ganaderos, trabajadores sociales, etc., para pensar adecuadamente una crítica que vaya más allá de nuestros propios intereses.

 

Los mitos digitales

Hemos recibido algunos comentarios sobre nuestras reflexiones en torno al lugar que ocupa el libro dentro del capitalismo actual. Como mucho, cosas del tipo: «Nada nuevo bajo el sol», o como: «Bah, estos rojos…». En cambio, muchos lectores del Llamamiento de los 451 se han quedado literalmente alucinados por nuestro cuestionamiento del lugar que ocupa Internet en las prácticas de lectura y difusión o venta de libros en la era de la todopoderosa informática.

Hay que decir en primer lugar que somos conscientes de que tenemos que debatir y aprender con aquellas y aquellos que luchan dentro del mundo 2.0 del mismo modo que otros se rebelan contra la privatización de la tierra o de la vida. Claro está que la creación de software libre, la desviación de las grandes compañías, el craqueo de programas de pago o bien la lógica participativa que se desarrollan con tres veces nada y un deseo auténtico de compartir conocimientos son signos alentadores de disidencia. En el contexto abrumador que supone la marea de las nuevas tecnologías, es bueno saber que dentro del propio sistema existen maneras para no ceder todo el terreno a Google, Microsoft o Apple. Sin embargo, hasta ahora, todas las críticas que provienen de Internet se ocupan del capital que circula vía Internet (tema de la gratuidad, de los derechos de autor, de las privatizaciones, etc.) pero no se plantean en ningún momento la cuestión de Internet en tanto que estructura propia del capitalismo moderno. Dicho de otro modo, del mismo modo que nosotros hemos decidido plantear el tema de la participación del objeto libro al capitalismo, nos gustaría que se plantee el tema de la participación de Internet, en su dimensión material, al capitalismo. Para ser más precisos: aunque un sitio o un sistema de explotación puedan ser libres y sin ánimo de lucro, siguen formando parte de un sistema no libre y con ánimo de lucro —el compuesto por la producción industrial de ordenadores, tabletas o de electricidad. Del mismo modo que un texto puede avanzar hacia la emancipación y seguir atrapado en un sistema de difusión de las ideas en manos de infraestructuras capitalistas. En consecuencia, proponemos a los y las que atacan la pertenencia de Internet a los valores del mercado la racionalidad de leer lo que sigue como un punto de partida para poder discutir sobre qué es la informática en red, como forma social, y que se paren a pensar la lógica de la que se deriva la problemática actual de la Web en términos políticos.

Es cierto que criticar Internet no está muy de moda. Queda un poco anticuado, incluso un poco reaccionario. Pero resulta que en el colectivo de los 451, todos utilizamos ordenadores e Internet. No tengamos miedo de confesarlo: los hay que tienen una práctica y un conocimiento de la red básicos, y otros que, en cambio, son superconsumidores, tipo geek. No obstante, no todas las actividades que tengan que ver con la informática son equivalentes: escribir mediante un programa de tratamiento de texto, leer unas cuantas líneas sobre la actualidad en pantalla, jugar a matar zombis, introducir estadísticas sobre las poblaciones pobres, enviar el PDF de un libro a China para imprimirlo, enfrascarse en la lectura de una novela en una tableta: cada una de estas acciones tiene diferente alcance.

Y que digamos esto no quiere decir que nos dé un miedo horrible Internet, como han creído algunos, al relegar la carga crítica a una tonta sentimentalidad romántica. Si bien reconocemos una parte de romanticismo en nuestra reflexión, ésta va más bien en el sentido de celebrar la invención de nuevas formas, sin importar si eso pasa por las nuevas posibilidades que trae consigo Internet. Todos los días se crean colectivos, fulgores poéticos, tomas de postura políticas, algunos en la red. Frente al aislamiento al que, desde hace décadas, se ven abocados el pensamiento crítico y la creación estética, hay que buscar formas de evasión —también en Internet. Sabedores de ello, contentos, no creemos sin embargo que eso lo justifique todo, y simplemente nos parece importante hacer el balance de la situación colectivamente, en vez de dejarnos llevar de manera pasiva por el tsunami informático y de las redes en nuestras profesiones y nuestras relaciones con el otro.

Por eso hemos intentado reflexionar sobre los límites y sobre los peligros que trae consigo lo digital, partiendo de nuestra experiencia. Para ello, hemos querido interrogar y acabar con algunos mitos que rodean y justifican con un entusiasmo casi a prueba de bomba los beneficios de lo que se ha convenido en llamar la «herramienta» Internet. Pero, precisamente, no nos parece que se trate de una herramienta, es decir, algo que podríamos decidir utilizar o no: para clavar un clavo puedo utilizar un martillo (de herrero, de mecánico, de zapatero, de ebanista, etc.), una piedra, una llave inglesa, o cualquier otra cosa[8].

En nuestra sociedad, por el contrario, poco a poco, decidir si utilizar o no Internet se ha convertido en algo imposible: a través de Internet se hacen las gestiones administrativas, los pedidos de mercancías, las búsquedas de empleo, la declaraciones de impuestos, las búsquedas de alojamiento, los encuentros amorosos, la compra de bienes de consumo, etc.

Darle la espalda a Internet vendría a ser algo parecido a marginarse uno mismo, un poco como no tener teléfono (¿y qué decir del móvil?), o como no tener ropa para salir a la calle. ¿Y quién querría ser un marginado, sustraerse a las relaciones simbólicas y afectivas que hacen que nos sintamos miembros de una comunidad humana? Así pues, Internet ha pasado a ser una forma de organización social más que una simple herramienta; es decir, una manera de estar en el mundo y de estar con los otros. Estructuralmente, por tanto, no es un espacio de libertad fuera de la sociedad, sino una de sus dimensiones, en cuyo interior existen unos cuantos lugares donde uno puede sentirse más a gusto, menos espiado, menos constreñido que en otros. No parece necesario recordar aquí hasta qué punto este espacio de comunicación está ahíto ya de control y vigilancia, de publicidad o de incitaciones éticas, de control de la conducta o de moldeado del deseo.

Así que, mal que les pese a los que nos acusan de falta de coherencia al recurrir a un sitio en línea para presentar nuestro texto y denunciar al mismo tiempo los peligros de Internet, no somos ni hombres ni mujeres vestido(a)s en taparrabos y el garrote en la mano. Formamos parte de este mundo, y nuestras críticas son tan modernas como la adhesión generalizada a Internet. Del mismo modo que el capitalismo se ha convertido en una forma de vida totalizadora, o que algunas tecnologías son a tal punto hegemónicas que definen nuestras relaciones sociales, como la energía nuclear o el petróleo[9], no existe exterioridad viable a partir de la cual hacer una crítica pura de Internet. Es nuestra condición moderna: estamos todos en el mismo barco y sería vano querer oponer antiguos y modernos. Por el contrario, si lo que se quiere es explorar pistas de emancipación frente a estos estados de hecho angustiosos, no nos queda otra que empezar por algún sitio y no tener miedo a criticar la informática, el efecto invernadero o la bolsa con el pretexto de «así son las cosas, señor, nosotros qué quiere que le hagamos…».

Por tanto, rechazamos las críticas que tienen como único argumento eso de que «el futuro es mejor que el presente», no sólo porque el futuro no nos viene dado y depende de nuestra capacidad para criticar el presente, sino también porque la temporalidad no es un valor en sí, como tampoco lo es la idea de progreso. Hemos querido hacer una crítica a partir de una visión del mundo compartida, preguntándonos en qué se convierten nuestros cuerpos, nuestros sentidos y nuestro intelecto cuando se sumergen en el océano informático; no es una cuestión de progresismo o nostalgia del pasado, sino más bien de maneras de ser y de pensar la cuestión social.

Así las cosas, para evitar por ejemplo la espinosa cuestión del control cada vez mayor a través de Internet, algunos especialistas arguyen que es de la competencia de cada uno el proveerse de los conocimientos técnicos apropiados para poder defenderse de los mecanismos de poder que conlleva la Web. Se dirá que con ayuda de una serie de sistemas de protección informática y buenas prácticas podemos escapar a los peligros de la red en materia de violación de la vida privada, de vigilancia policial o de rastreo publicitario, pero ¿a qué precio? ¿Deben alegrarse los emigrantes obligados a pasar controles biométricos de tener que quemarse los dedos para borrar sus huellas digitales bajo pretexto de que el progreso libera a la humanidad? ¿Tenemos que pasar por alto la transparencia de nuestra actividad en Internet so pretexto de que basta con convertirse en una experto informático para hacerse opaco a ojos del poder? Seamos francos: la idea de pasar días y días de autoformación, en la postura del individuo encorvado y atrapado por la pantalla de su ordenador, sólo para tener más autonomía frente a Internet, no es algo que nos haga soñar. Por otra parte, ya existen tantas de formas de autonomía más simples de las que reapropiarse, antes que de la codificación informática, que no acaba de convencernos eso de invertir todo nuestro deseo revolucionario en la vida asistida por ordenador.

Las formas de vida en comunidad, de encuentros o de intercambios que propone Internet coincidieron con la resaca de las revueltas amagadas en los años 1960-70, es decir, con el agotamiento de otros modos de convivencia y de compromiso político, no tan viejos como podría pensarse. Constatamos que, al mismo tiempo que se vuelve cada vez más fácil hablar y conocerse por pantallas interpuestas, se ha vuelto cada vez más complicado reunirse y confrontar al otro en el espacio público.

Atrapados en la rapidez de las innovaciones tecnológicas, tanto en nuestras profesiones como en la vida de todos los días, tenemos la impresión de no tener tiempo para pararnos a pensar lo que nos ocurre, y de tener que justificar el hecho consumado de las formas de sociabilidad que Internet y otros planes de márketing ponen en marcha, sin pensar en realidad lo que se puede hacer sin pantalla[10]. Es tanto más difícil desbaratar el consenso en torno a Internet cuanto que muchos militantes de izquierdas participan activamente en él, como explorando un nuevo territorio para la emancipación, y que nosotros mismos nos sentimos atraídos por ciertas comodidades innegables que lleva aparejada la puesta en circulación de la información en la red.

Pero si bien es cierto que la transmisión de mensajes de carácter informativo nos parece práctica, nos negamos a aceptar ciertas ideas falsas; y una de las más generalizadas consiste en admitir el argumento ecológico de Internet: sin papel, sin tinta, sin materialidad. Internet es a pesar de todo una infraestructura hipermaterial, con cables, servidores, ordenadores, satélites, plagado de componentes extraídos del subsuelo de los países del sur. El agotamiento de lo que se conoce como Tierras raras[11], es decir, los lugares del planeta donde se encuentran los minerales necesarios para la fabricación de ordenadores, teléfonos móviles y tabletas y lectores electrónicos, es tan dramática en términos de contaminación como la incapacidad de reciclar los cada vez más numerosos desechos electrónicos. Finalmente, no habría que olvidar que el consumo que hacemos de ordenadores y de redes de Internet está íntimamente relacionado con una producción masiva de energía eléctrica, o dicho de otra manera: sin energía nuclear, Internet no existe[12].

Esta serie de consideraciones, que retomaremos en detalle durante los encuentros de enero de 2013, pretenden hacernos recordar que Internet tiene un coste ecológico tan importante como ausente de los cuestionamientos mediáticos o políticos, ya sean éstos de izquierdas o de extrema derecha. Está bien visto ver Internet como la manifestación de lo virtual; un universo inmaterial donde fantasía y pensamiento se agitan inocentemente. Hay en esto un efecto tabú con el que nos gustaría terminar. Además, aunque algunas páginas web independientes hacen un trabajo tan beneficioso como admirable, no habría que olvidar que Internet facilita antes que nada la competencia a escala mundial de productos y servicios, acelerando con ellos los estragos del capitalismo. También a consecuencia de esto las imprentas locales se han convertido en su mayoría en simples mostradores que delegan el trabajo mecánico a más de 2000 kilómetros en camión del primer almacén francés. Las plataformas comerciales como Amazon se están comiendo el mercado del libro gracias a la multiplicación de empleos precarios, además de haber logrado acceder a exenciones fiscales considerables. Internet no acaba con las injusticias, no hace más desplazarlas e invisibilizarlas. Mientras los editores se preguntan cómo proteger los derechos de sus autores, o los lectores buscan el aparato más potente para poder leer a su escritor fetiche, hay niños en China a las órdenas de Apple a los que se paga una miseria por producir tabletas digitales[13]; y mafias postcoloniales que controlan, arma en mano, los yacimientos de coltán del Congo destinados a la fabricación de máquinas informáticas vendidas a docenas por segundo por todo el mundo[14].

A ese coste ecológico y humano, hay que sumar los costes puramente financieros: Internet cuesta dinero. Además del pago de tarifas de internet y del sobrecoste de las líneas de atención al cliente, los ordenadores, los lectores y los smartsphones se fabrican según un modelo económico de obsolescencia programada: no sólo hay que comprar baterías constantemente, cargadores, u otras piezas que se desgastan, sino que también hay que estar a la última de las novedades tecnológicas, pasando de un modelo a otro cada vez más rápido.

En lo que se refiere a los servicios en línea, hay tantos de pago como gratuitos. La mayoría de los gratuitos son o bien subsidiarios de los servicios de pago, o están saturados de publicidad que incita a pagar por otras cosas. Con respecto a los libros, se publican muchos textos militantes online para pedir que se quiten los derechos sobre los libros digitales (DRM). No nos hemos aventurado por ese terreno —tan técnico como legal— porque no nos sentimos ni con la competencia ni con el interés necesario para hacerlo. Las cuestiones de acceso a los libros, de gratuidad, de economía de mercado ya son bastante complicadas cuando se trata de nuestras profesiones in situ. Además, primero nos gustaría plantear la pregunta de la gratuidad y del reparto de los textos hablando de libros, de librerías, de edición o de imprentas. ¿Es posible? ¿Es deseable? ¿Cómo hacer que sea gratuito un trabajo que exige tiempo, equipamiento y competencias? Y puede plantearse la misma pregunta referida a Internet: ¿cómo seguir difundiendo textos de calidad, bien maquetados, legibles, con un aparato crítico, etc., sin remunerar el trabajo previo?

A partir de las preguntas hasta aquí planteadas, proponemos por tanto una reflexión conjunta sobre otros mecanismos perjudiciales a los que sería bueno enfrentarse, sobre otras modos de compartir el conocimiento y las competencias que habría que poner en marcha para poder emanciparnos de esta lógica de poder y opresión que nos impiden vivir con alegría.

 

pistas

Sabemos que existen contradicciones y precisamente por ello hemos querido diseccionarlas, para quizá algún día poder ir más allá. Porque no estamos conformes con todo lo que nos ocurre y nos alcanza de lleno en nuestras profesiones, ni, en general, con el mundo en que vivimos. Aunque, fatalmente, se nos presentarán por el camino nuevas paradojas, nos parece importante calibrar las transformaciones sociales y psicosociales de los últimos treinta años. Y la primera de las constataciones a la que llegamos es que esto va demasiado rápido, es demasiado grande. He aquí por qué proponemos reunirnos para dialogar, intercambiar y, llegado el momento, tomar decisiones que nos comprometan existencialmente y políticamente a largo plazo. Esperamos que lo que hemos querido transmitir con este texto aclarará al menos un punto: no pretendemos defender a cualquier precio lo que existe; más bien al contrario, estamos dispuestos a inventar nuevas formas en nuestras profesiones y en nuestras relaciones con el otro.

Este hilo del que tiramos con el libro nos sirve de pretexto para hablar de las grandes transformaciones antropológicas que se están produciendo[15]. El automatismo del recurso a la informática de la mañana a la noche, las prácticas compulsivas frente a la pantalla o, simplemente, la transformación de las maneras de pensar unida a las modificaciones en el modo de lectura tienen consecuencias sobre aquello en lo que nos convertimos, tanto en lo que se refiere a nuestras aptitudes fisiológicas y neurológicas como a nuestro ser social. Analizando esta nueva manera de estar en el mundo impuesta por la informática y la gestión empresarial, aparejada a esa otra más antigua del liberalismo existencial, hemos llegado a otra cuestión que creemos que engloba toda nuestra reflexión: la cuestión del tiempo. Y como queremos tomarnos nuestro tiempo para afinar esta crítica, y también el tiempo de reír y de soñar, hemos decidido ir paso a paso, sin ceder a la reacción. Al mismo tiempo que escribimos estas líneas, seguimos imaginando las premisas de lo que podrían ser las organizaciones concretas como tantas otras proposiciones positivas frente a la situación actual: sindicatos, cooperativas, mutualidades, espacios transversales, etc. Para poder ir perfilando estas ideas un tanto vagas, en más tiempo, en más palabras, necesitamos nuevos encuentros.

 

ANEXO 1

LLAMAMIENTO DE LOS 451

 

Venimos reuniéndonos[16] desde hace algún tiempo para dialogar sobre la situación presente y futura del libro y de sus oficios. Atrapados como estamos dentro de una organización social que separa por actividades y con un sentimiento común —basado en diversas experiencias— de la degradación acelerada de las maneras de leer, producir, compartir y vender libros, creemos que hoy día la cuestión no se limita a este sector, y buscamos soluciones colectivas a una situación social que nos negamos a aceptar.

La industria del libro vive en gran parte gracias a la precariedad que aceptan muchos de sus trabajadores, ya sea por necesidad, por amor o por compromiso político. Y mientras estos últimos se esfuerzan por difundir ideas e imágenes que hagan que nos cuestionemos nuestros puntos de vista sobre el mundo, otros se han dado perfecta cuenta de que el libro es ante todo una mercancía con la que se pueden hacer enormes beneficios. Los Leclerc, Fnac, Amazon, Lagardère y otros grandes grupos financieros han sabido apropiarse de los grandes principios de independencia y democracia cultural, tanto como dedicarse a los excesos publicitarios, a la explotación salarial y la diversificación del monopolio, queriendo hacernos perder de vista una de las dimensiones esenciales del libro: la de lazo de unión, la de punto de encuentro. 

Mientras tanto, ya sea en profesiones con reconocimiento simbólico o en trabajos de poca importancia indispensables para toda cadena económica, cultural y social, los diferentes oficios del libro se han visto desprestigiados y remplazados por operaciones técnicas, para las que el tomarse las cosas con tiempo resulta algo inconcebible. ¿Acaso la industria del libro no precisa más que de consumidores impulsivos, creadores de opinión en la red y demás empleados temporales manipulables? Muchos de nosotros nos vemos de este modo comprometidos con la lógica de mercado, privados de cualquier tipo de pensamiento colectivo o de perspectivas de emancipación social —hoy día terriblemente ausentes del espacio público.

Constreñida por el principio del éxito, la producción de ensayos, de literatura y de poesía se ve empobrecida y los fondos libreros o bibliotecarios agotados. El valor de un libro ya sólo depende por tanto de sus cifras de ventas y no de su contenido: pronto ya sólo se podrá leer aquello que sea un éxito de ventas. Ahora bien, mientras el presidente de Amazon declara que «las únicas personas necesarias en la edición son el lector y el escritor[17]», algunas personas siguen trabajando con libros[18],, libreros, imprentas, bibliotecas o editoriales a escala humana. A pesar de nuestras ganas de resistir, nos vemos asediados, como la inmensa mayoría, por la omnipresente informática, la lógica de gestión y los finales de mes difíciles. Nos encontramos embarcados también en una pseudo-democratización de la cultura, que sigue igualándose por abajo, y se limita al empobrecimiento y a la uniformización de las ideas y de los imaginarios, para poder adaptarse al mercado y a su lógica. Aturdidos, intentamos adaptarnos a los nuevos tiempos: a los programas informáticos, los pedidos en línea, los correctores automáticos, las deslocalizaciones, la avalancha de novedades hueras, las amenazas de los bancos, la subida de los alquileres y las digitalizaciones salvajes.

Y sin embargo, nosotros no podemos resolvernos a reducir el libro y su contenido a un flujo de informaciones digitales cliqueables ad náuseam; lo que nosotros producimos, compartimos y vendemos es ante todo un objeto social, político y poético. Incluso en su faceta más humilde, como entretenimiento o placer, creemos que es importante que siga rodeado de seres humanos. Rechazamos de plano el modelo de sociedad que se nos propone, en algún lugar entre la pantalla y la gran superficie, con sus bips-bips, sus luces de neón, y sus auriculares chirriantes, que va conquistando todas las profesiones. Y así, al pensar en la situación actual de los oficios del libro, pensamos también en todos aquellos que están pasando por situaciones muy parecidas, más allá de lo anecdótico: los médicos segmentan sus servicios para que les salgan mejor las cuentas, los trabajadores sociales rellenan casillas de evaluación hasta la extenuación, los carpinteros ya no pueden ni clavar un clavo si no lo ha establecido así un ordenador, los pastores se ven obligados a equipar su rebaño con chips electrónicos, los mecánicos obedecen a su maletín informático, y la llegada de la tableta electrónica a los colegios es algo inminente.

La lista es tan larga que debemos agruparnos, y frenar esta máquina de progreso ciego. En vez de esperar la próxima medida europea de rigor o el enésimo ataque del Ministerio de Cultura contra la cadena de los oficios del libro, preferimos organizarnos desde ahora. Por ejemplo, encontrando alternativas, creando cooperativas y mutualidades de compra, uniéndonos para lograr mejores condiciones salariales, o incluso inventando lugares y prácticas que se ajusten mejor a nuestra visión del mundo y a la sociedad en la que deseamos vivir.

Y si somos optimistas es porque hemos tomado conciencia plena del desastre actual: hay que empezar desde cero. En primer lugar, queremos dejar de echarnos la culpa eternamente los unos a los otros y terminar con la resignación y el derrotismo ambientes. Por todo ello, hacemos un llamamiento a todo(a)s aquellos y aquellas que se sientan concernidos para organizar encuentros, intercambiar opiniones sobre nuestras dificultades y nuestras necesidades, nuestros anhelos y nuestros proyectos.

Están ustedes invitados a una primera sesión nacional de discusiones, con vistas a compartir reflexiones, elaborar grupos de trabajo o preparar acciones comunes[19] en Montreuil, el fin de semana del 12 y 13 de enero de 2013 en la Parole errante.

 




[1] La versión original del llamamiento figura aquí como Anexo.

[2] Los temas que hemos retenido hasta el momento son: 1/ Condiciones de trabajo en los oficios del libro; la economía del libro: entre reparto y beneficios (asociaciones, comercios, cooperativas, mutuas de compra, bibliotecas…), 2/ Venta online y digitalización, 3/ del autor al lector: oficios y competencias en la cadena del libro, 4/ Lugares para el libro.

En breve estará disponible un programa detallado.

[3] A título indicativo, el sector francés de la edición generó 2800 millones de euros de volumen de negocio en 2010. Datos clave del sector del libro 2010-2011, Ministerio de Cultura y Comunicación. Lo que equivale aproximadamente al volumen de facturación de Toyota en un trimestre.

[4] En Francia, diez distribuidores de libros representan el 95% del mercado. En 2009 hicieron más de cuatro mil millones de euros de volumen de negocio. Es decir, más del doble que el resto de los 10000 editores, y casi tanto como el conjunto de las 15000 librerías del país. L’édition en perspective, 2009-2010, Sindicato nacional de la edición.

[5] «La destrucción de libros no es sólo la sanción de una mala venta. El éxito rotundo de un autor genera la misma destrucción de libros que su fracaso. Forma parte en ambos casos de una estrategia deliberada de sobreproducción. No es tan raro que un editor sea partidario desde un principio de imprimir miles de libros para destruirlos: su papel consiste en impresionar, en dar la impresión de que la obra es importante. Hay que hacerse ver, hacer bulto en los Fnac, aplastar por peso a la competencia. Apilar 100?000 libros sirve para que se compren 50000. Los otros 50000 acabarán en la trituradora. Porque la trituradora cuesta menos que el almacenamiento. Incluso da dinero: 100 euros por tonelada de papel.», «La pesadilla de la destrucción de libros», Pierre Jourde, en Le Nouvel observateur, 30 de octubre de 2008.

[6] Por otra parte, es sorprendente ver cómo, mientras que cada uno anda a la que salta dentro de su radio de acción, los titanes de la nueva economía del libro como Amazon se mantienen fuera del campo de batalla. Esta figura mitológica de la era del 2.0 se beneficia por ejemplo de privilegios que otorgan tanto los editores como el Estado y con los que las librerías no pueden ni siquiera soñar. Y se conceden a Amazon estas ventajas en razón de la fuerza de ventas que genera. Ahora bien, más allá de estos métodos agresivos de venta, si hoy día tiene tanto poder, es precisamente porque se ha beneficiado de estas ventajas desleales.

Sin hacer el trabajo de lectura y de prescripción de los libreros, Amazon, en medio de la indiferencia generalizada, deshumaniza profundamente los modos de acceso al libro.

[7] Sobre este tema, véase L’édition sans éditeurs, André Schiffrin, La Fabrique, 2001, y La trahison des éditeurs, Thierry Discepolo, Agone, 2001. La edición española de La edición sin editores fue publicada en por Destino en 2000. La obra de Discepolo será publicada próximamente por Trama.

[8] Sobre este asunto, véase Essai d’ouverture, Luc Moullet, 1988, cortometraje sobre las mil y una maneras de abrir una botella de Coca-cola.

[9] Sobre este tema, véase por ejemplo las obra de Ivan Illic, de Cornélius Castoriadis o de Jacques Ellul.

[10] Por ejemplo, la insistencia con la que los medios han retransmitido la faceta digital de los levantamientos árabes/protestas árabes, sin pararse ni en los enfrentamientos y las tomas de posición en la calle, ni en la facilidad con la que los gobiernos en el poder han podido vigilar, interceptar, véase cortar la actividad en Internet, muestra hasta qué punto es hoy más importante publicitar gadgets electrónicos que hablar de política.

[11] Uno de los talleres de los 451 está trabajando sobre este tema, que será desarrollado ulteriormente. Podemos sin embargo hacernos una idea rápida de la cuestión echando un rápido vistazo a la Wikipedia: «La extracción y el refinamiento de las tierras raras lleva consigo el vertido de una gran cantidad de elementos tóxicos: metales pesados, ácido sulfúrico, y también elementos radioactivos (uranio y torio). “Hay que inyectar siete u ocho toneladas de sulfato de amonio en el suelo para extraer una tonelada de óxido, estos líquidos tóxicos van a durar mucho tiempo y las consecuencias serían espantosas si se contaminase el agua subterránea”, indicó el viceministro de Industria y Tecnologías de la información chino Su Bo. La radioactividad medida en los poblados de Mongolia interior próximos a la explotación de tierras raras de Baotou es 32 veces la normal (en Chernobil, es 14 veces lo normal). Según el mapa de ciudades del cáncer en China, la mortalidad por cáncer es de un 70%. Se trata de cáncer de páncreas, de pulmón y de leucemias. Los efluvios tóxicos se almacenan en Baotou en un lago artificial de 10 km3 cuyos rebosaderos van al río Amarillo. Esta contaminación ha sido denunciada en el informe de Jamie Choi, por entonces responsable de Greenpeace China. Este informe ya no se es accesible al público.»

[12] «¡Con un simple clic para hacer una búsqueda en Google, consumen ustedes tanto como una bombilla durante una hora! En efecto, en una búsqueda en Internet, intervienen toda una serie de aparatos eléctricos, desde su PC hasta los servidores de Google, agrupados por millares en inmensos hangares, los data centers, donde se tratan los datos por miles de miles de millones de octets [...] Existirían aproximadamente 45 millones de servidores en el mundo. Sólo los grandes data centers han duplicado su consumo eléctrico de 2000 a 2005. Sólo en Europa del oeste, la factura energética del conjunto de estas “granjas” de servidores habría alcanzado 4900 millones de euros, según el gabinete IDC. [...] De aquí a dos años, los data centers americanos emitirán tanto CO2 como los aviones a los Estados Unidos.» «Los servidores informáticos, ogros energívoros», Le Figaro, Fabrice Nodé-Langlois, 16 de marzo de 2010.

[13] «El gigante taiwanés de la electrónica Foxconn Technology Group, empresa subsidiaria de Apple, reconoció el miércoles haber obligado a trabajar en una fábrica china a jóvenes adolescentes, algunos de sólo 14 años», Reuters, 17 de octubre de 2012.

[14] Minerais de sang. Les esclaves du monde moderne, Christophe Boltanski, Grasset, 2012.

[15] «El tipo de lectura profunda que estimula una sucesión de páginas impresas es precioso, no sólo por el conocimiento que obtenemos de las palabras del autor, sino también por las vibraciones intelectuales que dichas palabras despiertan en nuestros espíritus. En los espacios de calma abiertos por la lectura continuada y sin distracciones de un libro, o de hecho, por cualquier otro acto de contemplación, hacemos nuestras propias asociaciones, construimos nuestras propias inferencias y analogías, alimentamos nuestras propias ideas. [...] Si perdemos esos lugares de calma o si los llenamos con “contenido”, vamos a sacrificar algo importante no sólo para nosotros mismos, sino también para nuestra cultura.» Nicolas Carr, Internet rend-il bête?, Robert Laffont, 2011.

[16] Autore(a)s, editore(a)s, maquetadore(a)s, diseñadore(a)s, correctore(a)s, impresore(a)s, distribuidore(a)s, librero(a)s, repartidore(a)s, manipuladore(a)s, traductore(a)s, ilustradore(a)s, bibliotecario(a)s, archivero(a)s…

[17] Le Monde, 21 de octubre de 2011.

[18] Un amigo agricultor nos contaba: «Primero estaba el tomate. Después, inventaron el tomate de mierda. Y, en lugar de llamar “tomate de mierda” al tomate de mierda, lo llamaron “tomate”; mientras que el tomate, el que tenía sabor a tomate y que se cultivaba como tal, pasó a ser “tomate de ecológico”. Desde entonces, estamos jodidos». Del mismo modo, nosotros rechazamos de plano el término “libro electrónico”: un archivo de datos informáticos descargables en una tableta nunca será un libro.

[19] Los temas aprobados hasta la fecha son: 1. Condiciones de trabajo en los oficios del libro, 2. Venta en línea y digitalización, 3. Análisis de los diversos oficios de la cadena del libro, 4. La economía del libro: entre reparto y beneficios, 5. ¿Qué lugares para el libro? Quien lo desee puede proponer otros temas; en breve estará disponible el programa.

Puede encontrar más información en:

les451.noblogs.org/